Coraje

Campo de trigo con cuervos, Vincent Van Gogh, 1890

Hoy me dedicaría a espantar cuervos;
esos pájaros lóbregos,
sombríos;
aves arrogantes que pululan
sembrando lo negro
sobre los áureos campos
de los pensamientos.
Los dejaría sin cobijo,
sin un lugar donde afianzar
los temores
del oscuro mensaje
que sus plumajes expresan.

Hoy impulsaría a todos los astros,
a cada cuerpo celeste
con brillo propio
-y quizás algo de coraje-
para que desfilen sin pausa
en la solemnidad de la noche;
para que la impregnen de ilusiones,
de sueños confiados,
tan sencillos,
espontáneos,
vigorosos,
como los trazos
con que la luz los define.

Hoy,
sin dudarlo,
me arrancaría de un tajo
el soberbio sonido de todo el miedo
que me susurra,
insistente,
al oído;
y se lo regalaría,
sin pedir nada a cambio,
a ese lienzo infinito
que nos devuelve el reflejo.

La noche estrellada, Vincent Van Gogh, 1889
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Tiempo IV

Dame de tu savia
sin reparos.
Déjame beber con ganas
de la fuente que tu cauce inunda,
libre en la condena de evocar
el nombre que elegiste;
ingenuo del peligro
de mitigar toda esta sed de otoño
sorbiendo cada gota
con la avidez de lo lozano;
despertando ese ímpetu sensato
que alguna vez fue franco
e imprudente.
Permite que se calme mi garganta
sin que sienta el peso
del agua que custodias;
ignorando la huella,
cada vez más grave y turbulenta,
de su torrente.
Consiente que mis manos
sean el cuenco de los excesos piadosos,
la humilde vasija que no deje escapar
ni un suspiro de los antiguos reflejos;
pero no inocules,
en la oquedad de sus firmezas,
el miedo a la gélida sensación
que se adivina en tu mirada.

Tiempo III

Algún día te vas a separar
de ese beso infinito
que le robaste al espacio.
Tus labios cansados,
tu lengua ya marchita
volverán a su calma,
tornarán al origen de lo prudente,
como quien regresa a casa
vencido,
desilusionado,
después de buscar,
entre el azar y lo incierto,
una chispa de locura.
No serás nadie
-ni nada-
en ese instante en que el silencio
tomará posesión de tu sino;
ni escucharás la queja grave
que siempre frenaba
la inercia en tu equilibrio;
ni sentirás al latido apagarse
ante toda la miseria
que dejo la usura,
el egoísmo de una vida ciega
que giraba y giraba
sin importarle tu alma.
Algún día volverás,
retornarás al momento
cuando despertó tu sueño,
y solo será para volver a nacer
sin el dolor de la existencia,
sin la memoria
de un signo errante;
para hacer brotar la esperanza
donde lo divino
siempre ha sido umbrío,
indescifrable,
con la indudable sensación
de que cada minuto de la virtud
que le dio nombre a tu aliento,
ya había ahogado su murmullo
en algún océano extinto;
y volverá a resoplar,
por las mismas soledades,
en cualquier viento nonato
que hará del polvo
tu más fiel compañía.