Puertas

Veía puertas por todas partes.
Sus puertas al reino
de quien sabe que salvación.
Veía puertas;
puertas rojas,
verdes,
amarillas.
Puertas de madera,
de anti-madera;
transparentes y
frágiles;
sucias,
ajadas por las asperezas
de una existencia
que también era la suya.
Veía puertas si miraba a la izquierda,
si giraba los ruegos hacia su diestra.
Y si cerraba los ojos
en un intento de auto-suicidio fugaz,
también las veía.
Puertas inquisidoras,
tentadoras,
humildes,
arrogantes.
Puertas claras y justas
en sus formas;
legibles en el dialecto
que lanzaban al vacío.
Puertas donde la oscuridad
se presentía al primer vistazo;
donde la desconfianza y el miedo
cumplían con la atrocidad de sus faenas.
Puertas abriéndose,
cerrándose;
dejando sus umbrales
al alcance de cualquier denuedo;
prometiendo certezas a la dudas;
ofreciendo lo que siempre pudo ser,
lo que quizás volvería a suceder.
Y las veía por todas partes
-puertas,
puertas,
puertas…-
a todas horas;
pero nunca se atrevió a tocarlas.

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Silencio III

“Cuentan que cuando un silencio aparecía entre dos
era que pasaba un ángel que les robaba la voz. “
Silvio Rodríguez

Pasó el silencio
y no dijo nada.
Caminó desnudo
entre miradas rotas,
cabizbajas.
Fue incapaz de pronunciar su sombra,
la lenta y pesada corona
que siempre precede a sus penas.
Pasó el silencio
arrepentido de su juicio,
de sus razones malditas,
hambrientas,
codiciosas de amparo;
abrumado por esas voces ya insalvables,
tan incisivas en la osadía
como la angustia de un beso
que vacila ante su vicio.
Pasó el silencio,
enmudeció los sentidos,
paralizó el aire;
se detuvo en la altura
a contemplar la impetuosa obra
de los hartazgos.
Y ni su ángel
pudo salvar el momento.

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Instrucciones para… I

Cliffs of Moher (Ireland) - Acantilados de Moher (Irlanda)
Acantilados de Moher (Irlanda) – Eva Ceprian

Ser paciente.
Esperar a que suba el mar,
sin prisa.
Abandonarse al borde de su acantilado,
en la impetuosa y excitante puerta
al mundo de lo profundo.
Tener convicción
de que llegarás al fondo
en cada salto
que te reclamen los sentidos;
aunque no veas la luz
ni te ilumine la certeza.
Respirar,
entonces,
ignorando el indeciso vaivén
con que intimidan las corrientes;
las idas y venidas del océano
en la volubilidad de su genio.
Mirar a ambos lados;
y lanzarse.