Viento VIII

Ya no sé,
viento,
si es la locura en tu espíritu
o la lucidez de tu alma
la pauta que rige
el misterio en tus actos;
esa luz constante,
implacable,
que a su paso resucita,
una a una,
las limallas olvidadas de esta vida;
que barre la nada
en los espacios colmados
de sueños huérfanos;
que pisa las sombras
de todo recuerdo
cuando comienzan a extinguirse
las verdades en sus ojos.

Ya no sé,
viento;
no puedo dar por cierto lo sublime,
ni lo ordinario
que han hecho suyas tus huellas;
porque descubrí al fantasma
del perdón y el destierro,
a ese ser que he creído
figura mansa de la ilusión,
del miedo,
como silbaba en tus brazos
para asustar los silencios;
porque ya me despistan los tonos
con que soplas desempolvando las cosas,
y los húmedos lamentos de las lágrimas
en el duelo que le guardas,
quién sabe dónde,
a la nostalgia.

Ya no sé,
viento,
cuál será el camino
dónde vas a descansar
con tu carga de historias;
la forma que adoptarás
para mitigar las ausencias
que quebraron la claridad
en su mañana más cruda;
ni la estrategia para condenar,
al olvido de las noches,
esos exilios que se han abierto
ante los sueños más dulces.

Ya no sé,
viento.
Ya nada sé.

Imagen sacada de https://www.flickr.com/photos/koeb/6351151789

Anuncios

La dama blanca

El tablero estaba servido. Éramos dos piezas en espera de nuestro movimiento maestro y la partida se nos había hecho impostergable. Yo ya había dejado todo vestigio de mi mundo a un lado: el corazón, el móvil, la última carta de despedida. No quería distracciones. Tú, aunque llegaste a tu hora, lograste sorprenderme: esta vez acudiste de blanco. ¡Tan lista como te imaginaba!

De blanco también vistieron tus fichas, frías como la nieve; que con cada movimiento demostraban que tu amor sería eterno; me convencían que mi amor duraría por siempre. Y jugamos convirtiendo al mañana en una historia imposible de contar; resumiendo el ayer en unas cuantas memorias dispersas, desgastadas y con miedo. Y perdimos la noción del tiempo: yo vigilando tu apasionada estrategia; tu pendiente de los latidos de mi mirada. Hasta que llegó el desenlace esperado: “¡Jaque mate!”

Desde el otro lado de la habitación se escuchó el sonido de un timbre abandonado; insistiendo en el inútil afán de recalcar la soledad de la estancia. Seguro era a mí a quien buscaban. Pero yo ya no pude responder la llamada.

Esta vez no participo en el reto de escritura de enero “Escribir jugando” del blog de Lídia. Me he pasado un poco con el número de palabras. 😉

Reloj

“Allá al fondo está la muerte, pero no tenga miedo.”
Julio Cortázar

¡Tiempo!
Suele venir en relojes.
En su severo mecanismo
la nada imperceptible se disfraza;
cambia a capricho;
se pasea invisible
entre las marcas que lo nombran
y esos alegres numeritos
que se desgastan
bajo su no tan etérea sombra.
Con la menor diplomacia,
haciendo gala en diseños
donde simula,
de si mismo,
una prisión infranqueable,
quiere cautivarnos,
poseernos,
naufragarnos
en su insistente sonido
que no es más que un preaviso,
el recuerdo constante
de su apetito,
una cuenta atrás para llegar,
en tiempo,
a sus fauces.

Imagen tomada de: https://www.wallpaperup.com

Las puertas

Las puertas,
bondadosas y gentiles,
en la infinita humildad
que caracteriza el sonido
con el que guardan su alma,
desde bien temprano,
van compartiendo,
como el que entrega un secreto
en un estruendo sereno,
hasta el más suave eco,
sumiso a cualquier voluntad
de enfurecer los silencios,
que se desprende
cuando sus alas se pliegan.

Viento VII

Viento de orilla;
suave brisa
que te camuflas en la sensación
de lo eterno.
Si de mis ojos has podido sacar
más de una mirada
para reír o llorar,
sin temor,
entre el horizonte
y el tiempo que ya inerte
nos murmura abatido
¿por qué no serenas
el vestigio de incertidumbre
que se vislumbra en tu cauce?
Si en esa gélida oscilación
que cala y subyuga la piel
con tu más mínimo canto,
pudieras suspender,
de una afirmación estable,
todo el instante
donde el pensamiento decide su guía;
si después de sentir la confirmación
a toda la arena que aún resta
por descender a mis manos,
supieras legarme,
de tu incansable andadura,
paciencia,
equilibrio,
descanso…
me quedaría esta vida.

Aparición

“Por favor… ¡dibújame un cordero!”
Antoine de Saint-Exupéry

El hombre del observatorio estaba solo. Todo era quietud, silencio, como un desierto cerca de la medianoche. Sobre la mesa la taza de café, ya frío como el espacio, reflejaba la luna, su única compañía.
— “Por favor, ¿me dibujas un cohete?” —creyó escuchar.
Se tratará de una alucinación auditiva —pensó—. La falta de sueño y las estrellas pueden jugar esas malas pasadas.
—”Dibújame un cohete.” —volvió a escuchar, ahora mucho más claro.
Se giró lentamente. Miró a su alrededor. Y allí estaba, ese “hombrecito extraordinario” del que emanaba luz, como la de una linterna cósmica.

Micro para el reto de escritura de diciembre “Escribir jugando” del blog de Lídia.

El verso miope

Perdido en la lejanía
está el verso miope.
Sueña con descifrar la distancia
desde la debilidad de su eco;
prefiere un horizonte borroso
a que la luz aclare
por donde sus pasos deambulan.

El verso miope siempre va al galope;
se impacienta con sus palabras,
confusas e imprecisas,
ilegibles en la ligereza de sus trazos.
Pero no quiere escuchar
sobre pormenores fútiles,
ni saber que todo aquello que se sabe lejano,
inaccesible para los sentidos precarios,
no merece versiones tan vagas
como sus rumores;
mucho menos composiciones opacas
que yerren en detalles.

El verso miope desea poder olvidar,
hacer desvanecer el recuerdo
de las dioptrías que ha ido acopiando;
y anhela vivir en lo eterno,
aunque las luces comiencen su trance,
de respirar la libre imperfección
en la prisa de sus imágenes.