Tiempo V

Asómate a este océano
que retumba en cada entraña;
a este mar donde resuenan
los cantos ya olvidados,
las penas que volverán a extraviarse
como débiles gaviotas,
lejanas,
etéreas,
en su noche.
¿Acaso no lo sientes?
Es mi cuerpo;
su invisible,
irremediable
silueta donde todo se precipita;
es el nervio con el que doy forma
a lo efímero de cada aliento,
al impulso que recauda,
de los pasos,
sus momentos de reposo;
es la profundidad
del pozo donde custodio,
celoso,
esas monedas,
ya viudas del deseo,
que se ahogaron en sus ruegos
intentando la fortuna,
la suerte que nunca concederé
ni en sueños.

Asómate a este océano,
virgen al salitre,
a la arena;
ciego a la tierra
que algún día acunó
tu inocencia de mar;
cuerdo,
predispuesto
a la pericia de divisar la espuma
donde las olas que rompo
recuperan su confianza;
y si pudieras descifrar,
predecir el sabor de la bruma
cuando la desvanezco,
el sonido de las sirenas
de los navíos moribundos,
adormecidos
en mi aparente apatía,
no se lo cuentes a nadie.

Imagen sacada de: https://st3.depositphotos.com

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You want it darker

“You want it darker
We kill the flame”
Leonard Cohen

Solo nos queda apagar las luces,
correr un poco las cortinas,
dejar la habitación vacía.

Solo nos queda aparentar,
aunque sea por consuelo,
que el día ha sido largo,
generoso en claridades;
que aún podemos escuchar los ecos
y recordar aquellos cantos;
que los pasos que perdimos
aligeraron de inocencias
para volvernos más sabios.

Solo nos queda cerrar los ojos;
despojarnos de preguntas,
de miedos;
y en una lección de obediencia
-o resignación-
sin discutir con sus verdades,
permitir que la noche
nos seduzca.

Imagen tomada de: https://www.meero.com/en/photography/meero_school/71/How_To_Avoid_Dark_Real_Estate_Photography

Ludopatía

Cada día apuesto,
inconsciente,
esa virtud confiada
que aparenta ser eterna.
Me juego, sin pensarlo,
todo el tiempo
que nunca vendrá a salvarme
en mis descuidos;
todo el tiempo
que no he podido retener,
ni haciendo trampas,
en la mano de mi suerte;
y más que nada,
todo el tiempo
que cargo,
como un recuerdo inerte,
como esa foto seca
y arrugada
donde el color ya se olvidó
de sus firmezas,
en la preocupación
de mi existencia.

Coraje I

Campo de trigo con cuervos, Vincent Van Gogh, 1890

Hoy me dedicaría a espantar cuervos;
esos pájaros lóbregos,
sombríos;
aves arrogantes que pululan
sembrando lo negro
sobre los áureos campos
de los pensamientos.
Los dejaría sin cobijo,
sin un lugar donde afianzar
los temores
del oscuro mensaje
que sus plumajes expresan.

Hoy impulsaría a todos los astros,
a cada cuerpo celeste
con brillo propio
-y quizás algo de coraje-
para que desfilen sin pausa
en la solemnidad de la noche;
para que la impregnen de ilusiones,
de sueños confiados,
tan sencillos,
espontáneos,
vigorosos,
como los trazos
con que la luz los define.

Hoy,
sin dudarlo,
me arrancaría de un tajo
el soberbio sonido de todo el miedo
que me susurra,
insistente,
al oído;
y se lo regalaría,
sin pedir nada a cambio,
a ese lienzo infinito
que nos devuelve el reflejo.

La noche estrellada, Vincent Van Gogh, 1889

Tiempo IV

Dame de tu savia
sin reparos.
Déjame beber con ganas
de la fuente que tu cauce inunda,
libre en la condena de evocar
el nombre que elegiste;
ingenuo del peligro
de mitigar toda esta sed de otoño
sorbiendo cada gota
con la avidez de lo lozano;
despertando ese ímpetu sensato
que alguna vez fue franco
e imprudente.
Permite que se calme mi garganta
sin que sienta el peso
del agua que custodias;
ignorando la huella,
cada vez más grave y turbulenta,
de su torrente.
Consiente que mis manos
sean el cuenco de los excesos piadosos,
la humilde vasija que no deje escapar
ni un suspiro de los antiguos reflejos;
pero no inocules,
en la oquedad de sus firmezas,
el miedo a la gélida sensación
que se adivina en tu mirada.

Tiempo III

Algún día te vas a separar
de ese beso infinito
que le robaste al espacio.
Tus labios cansados,
tu lengua ya marchita
volverán a su calma,
tornarán al origen de lo prudente,
como quien regresa a casa
vencido,
desilusionado,
después de buscar,
entre el azar y lo incierto,
una chispa de locura.
No serás nadie
-ni nada-
en ese instante en que el silencio
tomará posesión de tu sino;
ni escucharás la queja grave
que siempre frenaba
la inercia en tu equilibrio;
ni sentirás al latido apagarse
ante toda la miseria
que dejo la usura,
el egoísmo de una vida ciega
que giraba y giraba
sin importarle tu alma.
Algún día volverás,
retornarás al momento
cuando despertó tu sueño,
y solo será para volver a nacer
sin el dolor de la existencia,
sin la memoria
de un signo errante;
para hacer brotar la esperanza
donde lo divino
siempre ha sido umbrío,
indescifrable,
con la indudable sensación
de que cada minuto de la virtud
que le dio nombre a tu aliento,
ya había ahogado su murmullo
en algún océano extinto;
y volverá a resoplar,
por las mismas soledades,
en cualquier viento nonato
que hará del polvo
tu más fiel compañía.

Tiempo II

Soy la cosecha invisible
de un instante de locura;
el ser indomable
que retoñó del capricho divino
de hacer mortal la esperanza;
que no quiso invertir en lo eterno
por no agobiar al deseo.
Soy el silencio,
y el oscuro luto que lo provoca;
la palabra aún anclada
a la pasión en su origen;
libre en su entrópica onda,
maldita por la honesta actitud
en no ocultar el final
de su significado.
Soy el caótico púlsar que se esconde
en el tejido de la memoria;
esa singularidad que late y respira
con el pretexto constante
de reclamar espacio
para su lánguido eco;
donde retener cada gota de esencia
de un voluble universo
que se ha desangrado,
inevitable,
sobre mi cuerpo.