La dama blanca

El tablero estaba servido. Éramos dos piezas en espera de nuestro movimiento maestro y la partida se nos había hecho impostergable. Yo ya había dejado todo vestigio de mi mundo a un lado: el corazón, el móvil, la última carta de despedida. No quería distracciones. Tú, aunque llegaste a tu hora, lograste sorprenderme: esta vez acudiste de blanco. ¡Tan lista como te imaginaba!

De blanco también vistieron tus fichas, frías como la nieve; que con cada movimiento demostraban que tu amor sería eterno; me convencían que mi amor duraría por siempre. Y jugamos convirtiendo al mañana en una historia imposible de contar; resumiendo el ayer en unas cuantas memorias dispersas, desgastadas y con miedo. Y perdimos la noción del tiempo: yo vigilando tu apasionada estrategia; tu pendiente de los latidos de mi mirada. Hasta que llegó el desenlace esperado: “¡Jaque mate!”

Desde el otro lado de la habitación se escuchó el sonido de un timbre abandonado; insistiendo en el inútil afán de recalcar la soledad de la estancia. Seguro era a mí a quien buscaban. Pero yo ya no pude responder la llamada.

Esta vez no participo en el reto de escritura de enero “Escribir jugando” del blog de Lídia. Me he pasado un poco con el número de palabras. 😉

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Insomnio VII

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¡Buenas noches! ¿Sería tan amable de dedicarme un momento? A ver, me resulta un poco embarazoso tener que reconocerlo pero ando un poco perdido. (…) ¡Ah! que ya se había dado cuenta. ¿Tan evidente es? (…) Vale, es que lleva un buen rato observando como doy vueltas de un lado a otro. (…) ¿Cómo dice? (…) Sí, ya sé que no es su oficio ayudar a quien busca salida, pero… ¿podría olvidarse de su esencia por unos minutos? (…) ¡Perfecto! Ya verá lo bien que nos vamos a entender. Veamos… sé que había un agujero estrecho y tenebroso que se divisaba desde el borde de este incómodo abismo (…) ¡¿Que por qué lo llamo incómodo, y no confortable o viscoelástico?! Mire, aquí cada cual llama a las cosas como más le molesten. Bueno… creo recordar que estaba por aquí cerca; entre estas inoportunas cavilaciones y el rojo intermitente del paso del tiempo. (…) ¡Venga ya! ¿Cómo puede ser que no sepa de qué le estoy hablando? Se ve a una legua que Ud. siempre anda por estos lares. Un poco de misericordia para quien lleva horas buscando cómo se sale de la noche ¡por favor! (…) ¡¿Que me espere un poco?! ¡¿Que tenga paciencia!?  ¡¿Que ya lo veré con claridad?! ¡Ahora también me viene con chistecitos!

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