Tiempo III

Algún día te vas a separar
de ese beso infinito
que le robaste al espacio.
Tus labios cansados,
tu lengua ya marchita
volverán a su calma,
tornarán al origen de lo prudente,
como quien regresa a casa
vencido,
desilusionado,
después de buscar,
entre el azar y lo incierto,
una chispa de locura.
No serás nadie
-ni nada-
en ese instante en que el silencio
tomará posesión de tu sino;
ni escucharás la queja grave
que siempre frenaba
la inercia en tu equilibrio;
ni sentirás al latido apagarse
ante toda la miseria
que dejo la usura,
el egoísmo de una vida ciega
que giraba y giraba
sin importarle tu alma.
Algún día volverás,
retornarás al momento
cuando despertó tu sueño,
y solo será para volver a nacer
sin el dolor de la existencia,
sin la memoria
de un signo errante;
para hacer brotar la esperanza
donde lo divino
siempre ha sido umbrío,
indescifrable,
con la indudable sensación
de que cada minuto de la virtud
que le dio nombre a tu aliento,
ya había ahogado su murmullo
en algún océano extinto;
y volverá a resoplar,
por las mismas soledades,
en cualquier viento nonato
que hará del polvo
tu más fiel compañía.

Tiempo II

Soy la cosecha invisible
de un instante de locura;
el ser indomable
que retoñó del capricho divino
de hacer mortal la esperanza;
que no quiso invertir en lo eterno
por no agobiar al deseo.
Soy el silencio,
y el oscuro luto que lo provoca;
la palabra aún anclada
a la pasión en su origen;
libre en su entrópica onda,
maldita por la honesta actitud
en no ocultar el final
de su significado.
Soy el caótico púlsar que se esconde
en el tejido de la memoria;
esa singularidad que late y respira
con el pretexto constante
de reclamar espacio
para su lánguido eco;
donde retener cada gota de esencia
de un voluble universo
que se ha desangrado,
inevitable,
sobre mi cuerpo.

Aparición

“Por favor… ¡dibújame un cordero!”
Antoine de Saint-Exupéry

El hombre del observatorio estaba solo. Todo era quietud, silencio, como un desierto cerca de la medianoche. Sobre la mesa la taza de café, ya frío como el espacio, reflejaba la luna, su única compañía.
— “Por favor, ¿me dibujas un cohete?” —creyó escuchar.
Se tratará de una alucinación auditiva —pensó—. La falta de sueño y las estrellas pueden jugar esas malas pasadas.
—”Dibújame un cohete.” —volvió a escuchar, ahora mucho más claro.
Se giró lentamente. Miró a su alrededor. Y allí estaba, ese “hombrecito extraordinario” del que emanaba luz, como la de una linterna cósmica.

Micro para el reto de escritura de diciembre “Escribir jugando” del blog de Lídia.