Coraje I

Campo de trigo con cuervos, Vincent Van Gogh, 1890

Hoy me dedicaría a espantar cuervos;
esos pájaros lóbregos,
sombríos;
aves arrogantes que pululan
sembrando lo negro
sobre los áureos campos
de los pensamientos.
Los dejaría sin cobijo,
sin un lugar donde afianzar
los temores
del oscuro mensaje
que sus plumajes expresan.

Hoy impulsaría a todos los astros,
a cada cuerpo celeste
con brillo propio
-y quizás algo de coraje-
para que desfilen sin pausa
en la solemnidad de la noche;
para que la impregnen de ilusiones,
de sueños confiados,
tan sencillos,
espontáneos,
vigorosos,
como los trazos
con que la luz los define.

Hoy,
sin dudarlo,
me arrancaría de un tajo
el soberbio sonido de todo el miedo
que me susurra,
insistente,
al oído;
y se lo regalaría,
sin pedir nada a cambio,
a ese lienzo infinito
que nos devuelve el reflejo.

La noche estrellada, Vincent Van Gogh, 1889

Almohada

Sobre tu almohada de sueño…
¿Cuántas cosas vas dejando?
Las melodías del día
en partituras secretas.
Ese pasado ya seco
que guardabas en un libro
y alguna que otra mirada
volvió a lavarle la cara.
Conversaciones a medias
con algo oculto en la entraña
que se quejaba en el pecho.
La predicción de un latido
para iniciar la mañana.
Utópicas ilusiones
de hacer del mundo tu patio,
para olvidar la molestia
del atropello de un tiempo
que se resiste al destino.

Sobre tu almohada de sueño…
¿Acaso importa la noche
en su respuesta al deseo?
Con los anhelos que cumple
su siempre suave presencia
da igual la sombra que aceche.

Imagen sacada de: https://thompsoncenter.missouri.edu/2017/03/study-targets-sleep-challenges-children-autism-families/baby-1151348_1920/

El Ángel del umbral del sueño

hipna

Solo recuerdo haber escuchado
que las palabras se salvarían
de la quema nocturna.
Tu ya habías hecho tu trabajo:
bajaste al sótano
donde los secretos aguardaban,
húmedos y sombríos,
por la salvación de tus pasos.
Desnudaste el instinto
en el rincón adecuado
para que su sombra
no discrepara en enigmas
con la insumisa penumbra.
Sacudiste los recuerdos,
las ilusiones,
esas mansas y eternas arrendatarias
de quién sabe qué responsables locuras.
Y justo allí,
donde la noche,
con toda confianza,
recitaba sus mantras
para desvanecer
los imposibles del tiempo,
me alejé de tu rastro.
Solo recuerdo tu voz
desde la orilla donde el alma yacía,
repitiendo en su idioma
como una onda extenuada,
que las palabras se salvarían,
resucitarían en las primeras luces
de cualquier ventana.
Yo te creí,
rindiendo la conciencia
ante el despiste del sueño.
¿O fue quizás otro albor
el que mintió a la vigilia?