La dama blanca

El tablero estaba servido. Éramos dos piezas en espera de nuestro movimiento maestro y la partida se nos había hecho impostergable. Yo ya había dejado todo vestigio de mi mundo a un lado: el corazón, el móvil, la última carta de despedida. No quería distracciones. Tú, aunque llegaste a tu hora, lograste sorprenderme: esta vez acudiste de blanco. ¡Tan lista como te imaginaba!

De blanco también vistieron tus fichas, frías como la nieve; que con cada movimiento demostraban que tu amor sería eterno; me convencían que mi amor duraría por siempre. Y jugamos convirtiendo al mañana en una historia imposible de contar; resumiendo el ayer en unas cuantas memorias dispersas, desgastadas y con miedo. Y perdimos la noción del tiempo: yo vigilando tu apasionada estrategia; tu pendiente de los latidos de mi mirada. Hasta que llegó el desenlace esperado: “¡Jaque mate!”

Desde el otro lado de la habitación se escuchó el sonido de un timbre abandonado; insistiendo en el inútil afán de recalcar la soledad de la estancia. Seguro era a mí a quien buscaban. Pero yo ya no pude responder la llamada.

Esta vez no participo en el reto de escritura de enero “Escribir jugando” del blog de Lídia. Me he pasado un poco con el número de palabras. 😉